gira-soles


Aprovechando un rato libre, conseguí cambiar la configuración de la pantalla de mi flamante nuevo teléfono móvil. La versión HTC que llevaba de grises y grises, era bastante aburrida y… en fin, me deprimía un poco.

Encontré una foto que como fondo podía estar bien, un prado repleto de girasoles, unos girasoles grandes, muy abiertos, intensamente amarillos y en plena absorción de toda la energía que les rodeaba. Ya en plena relajación, pues la torpeza en estos asuntos me agota mental y físicamente –supongo que si leyera las instrucciones alguna vez sería más fácil- me detuve en mi nueva adquisición, no ya del teléfono que como herramienta de trabajo me es muy útil pero que no me dice nada, sino en esa pantalla que me trasladaba a la nostalgia.
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En el coche familiar, a penas me asomaba la naricilla por el cristal cuando, aprovechando el buen tiempo, visitábamos a unos tíos muy mayores de mi padre, que vivían en un pueblo cercano al nuestro y que por su tamaño se conocían todos.
El tío Batiste y la tía Angeleta eran de otra dimensión, tenían una pequeña tienda de “ultramarinos” con un mostrador altísimo, con poco espacio para moverse, unas estanterías abarrotadas de latas de todo tipo desde leche condensada hasta atún en aceite, una cuba de sardinas prensadas, bacalao salado para desalar, garbanzos, alubias y lentejas a granel y… un papel gordo y duro del que me daban una hoja para dibujar con un lápiz que nunca conseguí llevarme. A mí me parecían de otra dimensión porque no tenían estufa, se calentaban muy cerca del hogar, pegaditos, la tía llevaba toquilla y mucha ropa, y la bombilla sin lámpara sólo iluminaba a las sombras. Yo creía que no dormían ni comían porque nunca les divisé ni la cama ni la cocina.
En todas nuestras visitas había algo que nos hacía sonreír a mis hermanos –que no paraban- y a mí. Era un bote que cuando lo movíamos sonaba una vaca “¿cómo habrían conseguido meter ese enorme animal en ese sitio tan pequeño?”, me repetía una y otra vez sin enterarme de nada.
Sin embargo, ese lugar, pequeño y oscuro, contrastaba con la ida y la vuelta, con el sol cegándonos los ojos porque no podíamos remediar ni mis hermanos –que seguían sin parar- ni yo plantarle cara, provocando a esa bola de fuego para que nos quemara porque en el fondo éramos como los girasoles que durante kilómetros y kilómetros nos acompañaban por el camino, por una ventanilla y por la otra, cada girasol levantando la cara para ponerse moreno y deslumbrándonos a nosotros con tanto color.

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Espero que cada vez que el móvil me suene, sea un girasol el que me hable.







1 comentario:

Mar dijo...

Precioso relato.