reset





Rápido, rápido que termina.

Saboreando el tacto de las últimas líneas,
abro al límite la mirada
sin permitirme perder ese instante
con la interrupción de cualquier inútil parpadeo.

Acabo
cuando la insolente punzada me ataca
en silencio
por la definitiva palabra leída.

Aprieto y me desbordo en lágrimas al echar de menos ya
otra bella historia, otras vidas.

Y mientras la esponjosa fibra de mis sueños
deja escapar con fuerza la tristeza,
mis párpados se cierran para dejar ir lo que no recuperaré,
sin ver cómo el viento de las tres y media
se lo lleva sobre la hoja que me arrebata la sombra.

Así, entre lo que no sé si es realidad o ilusión,
un atisbo de luz
me devuelve mi flotante puntito negro que aparece y se esconde
cuando entorno los ojos.

Insistente, me intento resetear,
pero la sustancia del tiempo,
de haberme rozado el aire helado sin querer impedirlo,
no puede reanudarse.

Soltando poco a poco la maraña de nudos,
miro hacia arriba, a lo más alto,
a las copas de los árboles que me acompañan de la mano.
Unos,
en lo más lejano,
le devuelven sus destellos a los soles de la tarde.
Otros,
que se giran para verme,
me sollozan de melancolía.

Por eso sigo,
continúo para descansar de tu huida y llenar de calor tu espacio,
para abrazarme en la espiral de aliento,
aquí y ahora y siempre,
aunque sepa que después de la vuelta vendrá la nostalgia…


Esperaré a que la lluvia amaine tu falta, de la que fui y que no seré por lo que me añado a mi misma cada otoño.

en cuero


Sin saber por dónde empezar, mi cabeza da vueltas encima de la peonza. Mientras gira y gira sin detenerse en nada, fluye una tarde de propósito de enmienda y revisión de objetivos,  porque ¿dónde estamos cuando pensamos…?


Pues como cuanto más empeñada esté en momento equivocado, menos posibilidades tendré de acertar en la diana, hago un descanso y respiro, ¡uf! mis respiros.



Y mientras el rayo de sol me alcanza, una inesperada sorpresa me hace girar sobre mí misma: una patata frita con perfecta forma de corazón, me saluda y me traslada fuera de mi habitual constancia.



Me lleva, de pequeña, otra vez, donde he estado queriendo llegar desde siempre, a la esencia, a la esencia de mi tiempo vivido.



Y me asomo, de nuevo,  y miro con riesgo hacia la bandada de pájaros picoteando y posándose alrededor de todo lo que tengo.



Porque si descomponiendo los aromas de mi infancia recojo levemente el dulzor del algodón y la caramelizada manzana de feria, de lápices mordidos y  bolitas de borrador de nata, reconozco con mayor fuerza la tierra mojada, de lluvia, de ventana, de tristeza.



Por eso, estoy alerta, tiro de la anilla que sujeta el hilo de mi río del día feliz. De la tarde en la que todo puede pasar y cualquier cosa. Me preparo para dejar ir a todo lo que vino y toqué.



Y sin bajar la guardia aprieto fuertemente los ojos ahora y entonces, agarrando con fuerza la recia y pesada chaqueta de cuero tres cuartos con la que mi padre guardaba mis sueños. Porque ese olor, duro, a frondoso bosque de perenne hoja, era la prueba evidente de un mundo de adultos que me protegía,  la seguridad de que pasara lo que pasara, aunque llegara la noche, lo desconocido, en la mañana volvería a respirar el aroma inciensado de la tarde,  con los perros a lo lejos mostrando su valía, y que aunque el aire de las tres y media pasara a las cinco… sería rescatada como el avión que rompe el cielo en la paz de la siesta.



Y si nunca fui pequeña de verdad…  si la madurez que yo sentía era la reflexión sobre aquello que quería vivir algún día, disfrutaré reviviendo mis sueños, contando nubes, contando duendes.





 Igual que una vida de trabajo con martillos neumáticos puede atenuar la sensibilidad al ruido, como diría Gurney en Cierra los ojos de John Verdon

tinta de calamar


de www.pendejaditas.com
Cada vez que me ronda, me escondo y no salgo hasta que se ha ido. Cuando a veces llega, sacudiéndose con fuerza su gran capa negra, lo llena todo de silencio y lágrimas.

Aunque intento no hablar nunca del frío silencio, ni escribir, ni pensar en él, sé que no consigo nada, si tiene que venir, vendrá.

Como viajo sola, sin fe alguna de acompañante, no puedo agarrarme a nada de fuera que me ayude a encajar esa cruel calma eterna. Siempre espero que los años amainen las aguas y me descubran por qué el fondo de la arena tiene que estar en su sitio, imprescindible para que el agua fluya de un lado a otro; pero me alcanza la desesperanza cuando el devenir del tiempo me sigue trayendo lo mismo cuando el innombrable me roza.

A lo mejor, cuando ya anciana le mire de frente, conseguiré andar hacia atrás esos pasos necesarios para entender el cuadro completo. Ahora no veo nada, son puntos sin formas y sin color,  y si llego a percibir el marco cuando de soslayo miro me entra el vértigo que me hace caer hacia atrás.

Las sirenas nos están avisando que pronto nos hará una visita llevándose a alguien que queremos. Me estoy preparando. Sé que no me servirá de mucho porque cuando nos vuelva a rondar sentiré lo mismo, la punzada en el corazón, y de nuevo apretaré los ojos muy fuerte para ahogar mi llanto.

Es difícil ver lo que no queremos ver, pero lo es más todavía si necesitamos entender lo que no quisimos ver nunca.
A veces, no puedo resistirme. Necesitaba escribir pero no de esto, entonces mi mente desplegó todo su arsenal guerrero y se puso en marcha impidiendo que fluyeran otras palabras, cegándome con la luz hipnótica de la televisión, haciéndome comer día tras día arroz con calamares en su tinta. En fin, pensaré cómo el azucarillo que cae en el café caliente desaparece, recordaré ese globo rojo que de niña solté sin querer y que subió hasta perderlo allá arriba.


estrella de cinco puntas


Tarde de caminata, sin parar.

Camino, viento de cara. Sonrío al imaginarme cómo desaparecería si fuera una figurita de arena, me mezclaría con el todo y me devolvería a la nada.

Sigo, sin parar, bajo los ojos y tiro hacia adelante.
Sé que la primavera se impondrá por mucho que me estrujen los aires de invierno. Sol y viento, no me disuelvo, sigo aquí.

El viento me envuelve, cae el silencio y me asusto. Miro hacia arriba, muy arriba, casi al cielo,  a lo  más alto de la montaña y leo… “cielo…montaña…valle…camino…casa….morera…tú (o sea, yo)… estrella de cinco puntas.”

Entonces, las noto bajo mis pies descalzos, muevo los dedos sobre  las cinco puntas de la estrella que me sostiene mientras aparece el runrún de las moscas.
Me noto incómoda y comienzo a desprenderme de cientos de capas de tul transparente que me oprimen y que no sé de dónde han salido.

Ahora me toca leer la dirección que la estrella me marca en cada uno de sus extremos:  hacia la luz de la mañana que me despierta de los sueños; hacia el viento que intenta frenarme lanzando contra mi piel finísimos alfileres; hacia la arena que se empeña en medirme infinitamente el tiempo;  hacia la evidencia de ya no tener que esperar a llegar a ninguna parte, sin que mis elucubraciones pasionales de cómo  y qué seré, de si llegaré o no llegaré y con quién, me dañen.
La última punta me marca hacia su interior, me dice que vuelva los ojos hacia dentro, que ya estoy aquí y que he llegado para quedarme.

“En ese momento, por fin lo captó. En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía”.
(“Los años de peregrinación del chico sin color”, H. Murakami)



mi "lovesindeer"



Cuando encuentro días largos, me da tiempo a hacer de todo. 

Mi ocupación preferida cuando eso ocurre -pocos días al año- es aburrirme, pero entiéndase bien, dicho esto sin tono peyorativo, pues aburrirse con ganas es de lo más saludable. Miras y ves, oyes y escuchas, sonríes con risa enseñando los dientes con verdaderas ganas de disfrutar.

Es al recargar las pilas, sintiendo la batería de mi cerebro totalmente llena, cuando me suena una música lejana, prácticamente imperceptible, en la profundidad de mi respiración. Me detengo un momento, el volumen sube un poco y… la tarareo sin saber cómo. "Na na nananaaaa, nananananana na naná…"

Ni la letra ni tampoco el título me vienen enseguida a la memoria. Lo único que de momento puedo visualizar en la especie de tul que me enturbia los ojos es esa bola grande, plateada y muy brillante que en constante movimiento vigilaba aquellas tardes interminables de los sábados por la tarde de hace -creo- treinta y tantos años.

Las chicas en una dirección y los chicos en otra, miradas furtivas y sofocos con palpitaciones, se acerca y se va, me ha dicho "hola" y a mí no me sale la voz…  
¡Uf, qué lejos todo! ¡Qué desconcertada estaba a mis quince años por lo que imaginaba que era la existencia y que ahora sé bien que eran mis hormonas en plena ebullición!  

Como un premio, una de mis luminosas neuronas me ha hecho un regalo y surge algo así como un "lovesindeer", supongo que es lo que insistentemente repetíamos sin saber lo que decíamos en esa especie de inglés inventado e inconsciente.

Se me ocurre una idea en la cima de mi aburrimiento; cojo el portátil y entro a internet, tecleo en google el "lovesindeer" y, con mucha educación, aparece una indicación que me corrige con cortesía “habrá querido decir… love is in the air”
Caso resuelto, pincho y aparece este enlace que os regalo yo para que os haga vibrar con nostalgia, si queréis…   mi lovesindeer


la funambulista o algo así



Hay cosas que escribiría y que sólo me atrevo a pensar, como cuando me acuerdo de alguien a quien no veo.


Y en días en los que sueño lo que haría de noche, espero atenta a que el despertador haga sonar la música para levantarme.


Esa imagen que no cesa es de un momento muy lejano, de cuando no creía que nunca dejaría de desear que me recordaras.


Porque paso las hojas y vuelve a salir la misma foto, acabo de encender el fuego y si me doy la vuelta, se apaga sin avisarme.


Me descubro  contando el tiempo sin contar mis años sino los de ella y deseando vivirlos siempre con él.


¿Por qué el silencio se hace tan largo?

¿Por qué ya no sufro y sigo teniendo a veces el mismo dolor?


Arriba, en el tejado, una piedra azul.
Encima de la piedra azul, un dedal dorado donde descansa la punta de mi pie envuelto en seda rosa.  
Elevo mis brazos mientras me muevo, me mece el viento y escucho cómo me cuenta sus deseos a través del tintineo de las campanillas de barro.
Me giro con cuidado y empiezo a caminar, muy despacio, sobre el cable de luz mientras las blancas me miran sorprendidas.

Entonces, me despierto y retorno a la invisible línea recta que he seguido a lo largo de cada amanecer. Ese espacio entre los adoquines desgastados que he pisado con fuerza, ese alambre de acero por el que me he desplazado vestida de funambulista de época.

Ese hilo que separaba la sombra del sol y que temblaba al caprichoso son del fleco del toldo azul de mi infancia, mientras pasaba por debajo bien estirada y de puntillas, una y otra vez, para que me hiciera cosquillas en la cabeza.
...

Lo que era, lo que creía que iba a ser y lo que soy.

Donde estaba, donde me imaginaba que estaría y donde estoy.