arco-iris de confeti

No oía nada, tampoco podía ver pues mis ojos permanecían cerrados. Si llegué a creer que estaba comenzando a chispear, pronto descubrí que lo que me rozaba no era lluvia sino pequeños trocillos de papel, que me envolvían y me hacían cosquillas.

Abrí pausada mis párpados y esa falsa lluvia de arco-iris de confeti me marcó la sonrisa. Noté entonces que me abrazaban, que me tocaban las manos; allí estaban mis compañeras de trabajo esperando mi regreso, mi pequeña familia, mis padres como siempre preocupados, mi querido presidente y cartero, los nuevos amigos de Madrid, la vecina de enfrente siempre alentando el saludo, mis compañeros de ilusiones y de cambios, en fin, mucha más gente que se alegraba al verme, deseándome lo mejor…

Sin saber todavía lo que estaba ocurriendo, cada vez que intentaba preguntar no oía el sonido de mi voz, ni entendía lo que me contestaban con cara amable. Los brillantes rostros de quienes me acompañaban me hicieron apreciar que no debía preocuparme. Aunque noté las ausencias, no me dolió mucho porque respiré hondo.

Asombrada, empecé a escuchar levemente. Un leve murmullo abrió camino a las voces cada vez percibidas con mayor nitidez. Miré a mi alrededor y palpé una especie de burbuja que me hacía flotar trasladándome de aquí para acá, entre todas esas personas, embriagándome un leve sopor que invadía mis entrañas. Qué rara y qué bien me sentía.

Algo se cocinaba en alguna parte, un aroma a chocolate caliente y a bollitos de azúcar molida recién hechos impregnaba la foto. Entonces llegaron mis abuelas y mi abuelo. Qué extraño, hacía ya tiempo que me había hecho a la idea de no volverlos a ver… se me escapó una lágrima al acariciar el pelo de mi yayo Paco, tan suave, fino y blanco como la última vez que lo toqué, y tan paciente como lo recordaba, dispuesto a admitir la repetición de aquel gesto cuantas veces quisiera yo hacerlo. La olor de mis abuelas también me llegó, a Joya y a crema de lavanda; ¡y sus manos! esas cuatro manos que tanto marcaron el recorrido de mi infancia estaban junto a las mías.

Aunque me resistía, era necesario hacerse consciente de que todo aquello no podía ser cierto, pues alguien me preguntó qué quería beber y yo no lo dudé: “Fanta de naranja”, habían transcurrido demasiados años desde esa contestación. Comencé de pronto a moverme pero en la imagen permanecía quieta, poco a poco todo se iba desvaneciendo…
. . .
Cuatro brazos me rodearon y dos besos y un dulce “feliz cumpleaños, mami” me despertaron. Mis soles me iluminaban un nuevo día.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Enternecedor me gusta

Mar dijo...

Felicidades muy bonito lo que escribes, me ha emocionado.